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Migrante con migrantes. Mi experiencia coherente de vivir en un país extranjero

  • hace 2 días
  • 2 Min. de lectura


María Santamaría Muñoz.

Lausana, Suiza.

 

 

Aprender enseñando.

 

Tengo un puesto de trabajo cómodo en un país de confort reputado llamado Suiza, o Confederación Helvética —Europa continental—.

 

La comodidad me permite, como migrante (que rima con ignorante), tener la calma suficiente para enterarme poco a poco de cómo se vive aquí de otra manera.

 

O así quiero yo migrar. Que mi vida sea otra.

 

Que puestos a cambiar, pues cambiar a nuestro modo, nos podremos tomar esa libertad.

 

La Comunidad de Madrid, autonomía española, donde había trabajado hasta entonces enseñando en distintos centros públicos, no me ofrecía vacantes que cubrir. Y sobre que tener que mirar anuncios para escuelas privadas, desperdigadas, me fui a leer ofertas de empleo por ahí, más alejadas.

 

Tenía amigos en Suiza, no de los relacionados con oportunidades de empleo, sino amigos a secas, con los que uno quiere estar, simplemente.

 

Junté entonces necesidad y ganas y me vi en Lausana, buscándome la vida. Esa vida buena de tener un trabajo, el respeto, un poder.

 

A los tres meses di con la única oferta para la que me fijaban una entrevista de trabajo. Apenas una sola vez en mi vida pre-salarial acudí a una entrevista de este tipo y recuerdo que hablamos de algo triste. No me dieron el empleo. Trabajo y lágrimas no van de la mano, creo. Y esta vez fue muy diferente. Los responsables y yo nos reímos juntos de algo cómico que le salió sin pensar.

 

—¿Y cuál es su tope salarial por arriba?, me pregunta mi futuro jefe, Paul.

—Ah, pues… :) Ninguno por arriba, respondo yo sincera.

 

En definitiva, es el empleo que conservo en la actualidad: un empleo que voy a definir por su objetivo implícito, a saber, conservar el buen tono y la esperanza acompañando a… gente como yo: emigrantes.

 

La ley del asilo político en Suiza puede implantarse en esta parte del globo con cierta holgura. Son mis alumnos pues, personas que solicitan protección internacional para ellas o sus familias.

 

Trabajo en el círculo feliz del aprendizaje en libertad: libertad de cátedra para mí, y libertad de lengua para mis estudiantes del exilio.

 

  • Expresen en lugar de callar, en suma. Han huido del silencio.

  • Arranquen de nuevas: digan en francés lo que nunca dijeron en otra lengua.

  • Digan otras cosas; cosas distintas de las habituales.

 


Cuando he comprendido que la ley del asilo me deja enseñar y que los estudiantes de francés —lengua y cultura comunicativas, locales y concretas— aceptan el cambio de lenguaje. He terminado mi tarea del día.

 

Después de esto, las lecciones que le siguen: horas artesanales de corrección, semántica, morfológica y sintáctica en cada frase poética, pues… Ça, c’est facile, Madame!, concluye un alumno afgano, Yasín. ¡Es pan comido!

 

Un lenguaje diferente es el que quedo aprendiendo como profe de lengua en esta ley generosa.

 

No migramos en vano.

 


Enero 2026

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