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Entre el cielo y el infierno

  • 4 jul
  • 2 min de lectura


Marlenis Castellanos.

Las Palmas de Gran Canaria.

 

 

Hay tragedias que dejan al descubierto no solo la fuerza devastadora de la naturaleza, sino también la verdadera esencia de las personas. Los terremotos que han golpeado Caracas han abierto profundas heridas, pero también han revelado una realidad llena de contrastes. Mientras el desastre siembra dolor, incertidumbre y pérdidas irreparables, emerge con una fuerza aún mayor: la solidaridad de miles de personas dispuestas a ayudar sin pedir nada a cambio.


Venezuela vuelve a demostrar el carácter de su gente. Frente a la adversidad, sus ciudadanos no esperan resignados: organizan rescates, comparten lo poco que tienen, abren las puertas de sus hogares y convierten la solidaridad en la mejor herramienta para resistir. Es el espíritu guerrero y resiliente de un pueblo que, una vez más, se levanta cuando todo parece derrumbarse.


Pero esta tragedia también enfrenta dos maneras de responder al sufrimiento. De un lado, la rapidez y la eficacia de miles de ciudadanos, organizaciones humanitarias y comunidades que movilizan recursos con urgencia. Del otro, la burocracia, la lentitud administrativa y la insuficiencia de algunas respuestas institucionales dificultan que la ayuda llegue con la rapidez que las circunstancias exigen.





Frente a esa realidad, la sociedad vuelve a dar una lección de humanidad. Porque mientras algunos entregan tiempo, esfuerzo y hasta aquello que necesitan para sí mismos, otros parecen incapaces de actuar con la decisión que el momento reclama. En las grandes tragedias, la diferencia no la marca el poder que se posee, sino la voluntad de ponerlo al servicio de quienes más lo necesitan.


Esta tragedia no terminará en unos días. La recuperación será larga y seguirá necesitando del compromiso, la generosidad y el apoyo de todos.


Porque cuando la tierra tiembla, lo que sostiene a un pueblo no son solo los edificios que permanecen en pie, sino las manos que se tienden unas a otras. Y esas manos, una vez más, llegan desde España, El Salvador; México, Chile, Estados Unidos y desde más de 15 países donde alguien decidió que el dolor los venezolanos también era suyo y de quienes creen que la solidaridad no entiende de fronteras.


Viñeta: @enekohumor



Foto: Daniel Nava

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