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Todo es posible en Le Havre

  • hace 6 horas
  • 2 Min. de lectura


Andreína Alcántara.

 

 

Con frecuencia el cine consigue capturar el lado más optimista del mundo que nos rodea, logrando reparar aquello que al otro lado de la pantalla resulta gris, complejo o casi imposible. Esta reflexión emerge, sin duda, al llegar al último minuto Le Havre (El Puerto, en español, 2011), largometraje dirigido por el célebre realizador finlandés Aki Kaurismäki, autor también de Un hombre sin pasado (2002) y Hojas muertas (2023).

 

El filme, que fue coproducido entre Finlandia, Francia y Alemania y compitió por la Palma de Oro en el Festival de Cannes, abraza un humanismo profundo y esperanzador. Nos presenta la historia de Marcel Marx, interpretado por André Wilms, un antiguo escritor bohemio que vive retirado en Le Havre, puerto francés de la Normandía, marcado por la sencillez y la melancolía, junto a su abnegada esposa, Arletty, personaje que encarna Kati Outinen.

 

Lejos de sus antiguas pretensiones literarias, el personaje se muestra como un hombre humilde, de nobles sentimientos que ahora se gana la vida lustrando zapatos. No obstante, la aparente calma de su vida se ve interrumpida cuando Marcel debe lidiar con dos conflictos paralelos que lo ponen a prueba: por un lado, su mujer cae gravemente enferma y es hospitalizada; por otro, el destino lo cruza con Idrissa, un niño huérfano de padre e inmigrante ilegal proveniente de Gabón que huye de una persecución policial.



 


Mientras aguarda con serenidad la recuperación de Arletty, Marx despliega una solidaridad inquebrantable y, junto a una red de vecinos que simbolizan la resistencia comunitaria, hace lo imposible para proteger al pequeño y ayudarlo en su odisea para reencontrarse con su madre en Londres.

 

Desde una perspectiva estética, Le Havre se construye como una fábula moderna, visualmente diseñada con una paleta de tonos pasteles que suavizan la aspereza del entorno portuario. La puesta en escena está impregnada del estilo característico de Kaurismäki: personajes lacónicos, una dirección de arte minimalista y un humor seco, a ratos absurdo, que se refleja en la inexpresividad de sus actores. Un detalle simbólico destacado es la figura del detective antagonista, interpretado por Jean-Pierre Darroussin, cuyo nombre, Monet, rinde un tributo al pintor impresionista que inmortalizó los paisajes de este mismo puerto.

 




Finalmente, la película se consolida como un manifiesto político y emocional que reivindica la bondad frente a la indiferencia burocrática. Al concluir, el espectador no solo siente que ha presenciado un drama sobre la inmigración, sino una pieza artística que nos recuerda que la verdadera utopía reside en los pequeños gestos de fraternidad.

 

La película está disponible para varios países en las plataformas Netflix y Prime Video. También se puede ubicar a través de JustWatch.

 




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