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La Tragedia de los Comunes

  • Foto del escritor: Jaime Santana
    Jaime Santana
  • hace 5 días
  • 5 Min. de lectura


José Carlos Suárez Herrera

Ph.D., M.Sc., M.PH.



I. Vestigios de una vocación compartida

 

Hay espacios que nacen con vocación colectiva, pero que se erosionan por dentro. No por falta de recursos, sino por exceso de apropiación. Lo común, cuando no se cuida, se convierte en terreno baldío. Y en ciertos entornos considerados a priori como colaborativos, lo común se ha vuelto campo de saqueo.

 

La apropiación unilateral de ideas compartidas, la ruptura de colaboraciones en cuanto se vislumbra rédito personal, el uso instrumental de lo colectivo para alimentar agendas privadas… todo esto no es anecdótico. Es estructural. Y es corrosivo.

 

Desde mi reciente regreso a Canarias, después de más de dos décadas de trabajo internacional cooperativo, he observado cómo proyectos nacidos del diálogo y la cooperación se desintegran por la incapacidad —o la falta de voluntad— de sostener el compromiso inicialmente pactado. Se confunde liderazgo con dominio, y se ejerce la autoridad del bien público como si fuera propiedad individual.

 

A veces —aunque eso sí, sólo a veces— me da la sensación de que participamos en un carnaval de buenas intenciones y de lindos eventos que se engalanan de discursos prometedores y de una sensación de pseudobienestar colectivo.

 

Paradójicamente, se observa cómo en ciertos entornos colaborativos se toleran prácticas despóticas, tratos humillantes, sabotajes a iniciativas innovadoras y una cultura del desprecio que se disfraza de rigor. Se aplaude la retórica, pero se castiga la diferencia. Se celebra la inclusión, pero se excluye al que incomoda.

 

Vivimos en lo que Zygmunt Bauman llamó la modernidad líquida: un tiempo donde los vínculos se diluyen, las instituciones se desvanecen y los compromisos se evaporan. En este contexto, lo común se vuelve frágil, porque exige permanencia, cuidado y responsabilidad. Pero lo líquido no se sostiene: se escurre entre los dedos, como tantos acuerdos que no llegan a materializarse. Y en esa evaporación, se pierden también las memorias compartidas, los aprendizajes colectivos, las promesas que alguna vez fueron sinceras.

 

 

II. La insoportable fragilidad del bien común

 

La falta de capacidad técnica en áreas esenciales como la gestión de proyectos, el trabajo en red o el liderazgo colectivo no sería tan grave si no viniera acompañada de una ausencia —casi total— de ética profesional y cívica. No se trata solo de saber hacer, ni siquiera de saber estar, sino de saber aportar. Y de saber compartir.

 

La tragedia de los comunes no es una metáfora lejana. Es una realidad cotidiana cuando lo colectivo se convierte en botín, y no en responsabilidad. Cuando nadie cuida porque todos esperan que otro lo haga. Cuando el talento se fuga, la confianza se quiebra, y el espacio común se vacía.

 

Como escribió Milan Kundera en La insoportable levedad del ser, "La carga más pesada es por lo tanto, a la vez, la imagen de la más intensa plenitud de la vida". Lo común es esa carga: exige peso, exige presencia, exige compromiso. Pero en tiempos de levedad, lo común se vuelve incómodo. Y se abandona.

 

Escuchamos constantemente discursos esperanzadores basados en valores universales como la participación, la igualdad o la sostenibilidad, entre muchos otros, pero distan a años luz de ser puestos en práctica a la hora de trabajar en red y mutualizar recursos, experiencias y competencias. La retórica no basta. Hace falta ética. Hace falta método. Hace falta coraje. Y hace falta humildad: para reconocer que no se sabe, para pedir ayuda, para ceder protagonismo.

 

Y cuando los proyectos se disuelven sin cierre, no queda rastro de ellos, como aquellos visitantes que se alojan en viviendas vacacionales y se marchan sin conocer "de qué va la movida del barrio". No hay continuidad, ni retorno, ni afecto. Solo quedan las lonas arrugadas, los carteles descoloridos, las promesas sin eco. El olvido se instala con la misma rapidez con que la financiación se evapora. La comunidad vuelve a sostenerse sola, por sí misma, con autonomía, con resiliencia, con dignidad, como siempre. Y los informes (curiosamente llamados "memorias"), tan llenos de indicadores, tan vacíos de vínculos, pasan a engrosar el archivo de lo que “también no se hizo”.

 

 

III. Sembrar en tierra improbable

 

Pero no todo está perdido. Lo común puede regenerarse. Como esas plantas que brotan entre grietas de asfalto, desafiando la lógica del abandono, lo colectivo también puede abrirse paso en medio de estructuras endurecidas por el egoísmo y la indiferencia.

 

Lo común florece donde menos se espera: en un aula que decide compartir saberes, en una institución que escucha, en una empresa que coopera, en una asociación que se atreve a cuidar. No necesita condiciones perfectas, pero sí voluntad fértil. Se cultiva con paciencia, se riega con confianza, se protege del saqueo.

 

La inteligencia colectiva no desaparece. Se repliega. Espera. Y vuelve a emerger cuando encuentra tierra que no la explote, sino que la abrace. Como las raíces que se aferran al asfalto, lo común resiste. Y cuando se le da espacio, transforma el paisaje.

 

La lucha contra la tragedia de los comunes no se gana con grandes discursos, sino con pactos éticos explícitos, con profesionalidad compartida, con la voluntad de construir sin apropiarse, de liderar sin dominar, de aportar sin esperar recompensa inmediata. Se gana también con gestos pequeños: con una reunión bien facilitada, con una autoría bien reconocida, con una decisión tomada desde lo colectivo.

 

Concluyendo, no se trata de señalar culpables, sino de abrir el debate. ¿Qué tipo de enfoque profesional necesitamos para sostener la vida asociativa, necesaria para construir lo común? ¿Qué pactos éticos deben regir los espacios y recursos compartidos? ¿Cómo se protege la inteligencia colectiva —y la propiedad intelectual emergente del trabajo en equipo— de una lógica individualista tendenciosamente extractiva?

 

Estas preguntas no tienen respuestas fáciles. Pero urge formularlas. Y sostenerlas en voz alta. Porque lo común no se improvisa. Se construye. Se defiende. Se honra.





Este texto forma parte de la serie Reflexiones Nómadas, escrita por José Carlos Suárez Herrera, profesor universitario, consultor senior e investigador en salud pública y global, innovación organizativa y cooperación para el desarrollo.

 

José Carlos es profesor universitario, consultor senior e investigador en salud pública, innovación organizativa y cooperación para el desarrollo. Con más de veinticinco años de experiencia internacional, ha trabajado con equipos y centros de investigación en América Latina, Canadá, Europa y África Occidental. Su labor docente y consultora se orienta a la investigación aplicada, la participación ciudadana y el fortalecimiento de iniciativas colectivas, experiencia que también inspiran las reflexiones de esta serie.

 

El contenido de esta serie se encuentra protegido bajo una licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional (CC BY-NC-ND 4.0), lo que permite su reproducción y distribución con fines no comerciales, siempre que se reconozca adecuadamente la autoría y el texto sea compartido sin ningún tipo de modificación o alteración.

 

Esta licencia busca facilitar el uso formativo, comunitario y académico del texto, promoviendo su circulación ética y respetuosa. Para usos editoriales, colaboraciones institucionales o citas extensas, se recomienda contactar directamente con el autor o con la revista BienHallados.

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